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Se activa mecanismo de represión contra Boris González Arenas y su familia




Escrito por Boris González Arenas
Miércoles 8 de agosto de 2018, 1:00 pm

Queridos amigos, el pasado sábado 4 de agosto de 2018 fui una vez más llevado a una celda por varias horas, hasta la mañana del domingo 5. Fueron en total 24 horas de internamiento.

La acción, como siempre, es ejecutada con características propias de secuestro. Durante esas horas soy incomunicado y las llamadas de mi esposa para interesarse por mi paradero son siempre respondidas con la frase “él no está aquí”. Los sujetos que dirigen la acción tienen las características propias de los paramilitares, pues aunque pertenezcan a órganos de seguridad, la función que ejercen no les corresponde legalmente. 

La acción fue una represalia por no haber asistido el día anterior, el viernes 3 de agosto, a una citación hecha por ellos para entrevistarse conmigo en las oficinas de inmigración de la calle 17 entre J y K, en el Vedado. Era la sexta o séptima citación de esta año, a ninguna de las cuales he ido, por saber que se trata de citaciones hechas sin ningún apego a lo que dispone la ley para este tipo de documentos. Esta vez, sin embargo, ellos deseaban comunicarse conmigo para algo más que las simples amenazas. De ahí que durante todo el viernes insistieran en llamadas anónimas a mi teléfono móvil y al fijo de mi hogar. 

Sucede que por estos días preparo un viaje a Brasil con mi esposa y dos hijos para visitar a mi papá, que está en una delicada situación de salud que le ha impedido viajar a Cuba por un largo tiempo. Fue su idea y, por supuesto, también será él quien cubrirá gastos que para mí resultan imposibles de asumir siquiera en parte alguna que no sea marginal. Mis hijos viajarán por primera vez -en caso de que lo permitan estos paramilitares. Se trata, además, de los últimos días de las vacaciones de ellos. 
Cuento esto de manera detallada con el único interés de que se entienda lo avieso del proceder del castrismo y sus secuaces. Ha sido esta la mejor posibilidad que han hallado ellos para crear una situación de angustia y desconcierto entre mis familiares y yo, y no la han desaprovechado. 

Al día siguiente de la citación, el sábado 3 de agosto, salía con mi hijo hacia la Ciudad Deportiva para jugar futbol. Estos paramilitares estaban apostados en los bajos de mi casa y de un modo descompuesto realizaron la detención, lo que provocó angustia en mi hijo, que ha debido despertar a mis actividades de un modo bastante abrupto, pues tiene 9 años.

Fui conducido en una patrulla de policía a la Estación policial de El Cotorro, pero antes el auto policial y los tres sujetos que participaron en la acción de detención se condujeron hacia un descampado en las áreas del Parque Lenin. Allí el más activo de la detención me comunicó que podíamos pelear. Me negué a ello y llevé mis brazos atrás de mi espalda, asegurándole no obstante que podía golpearme. Él optó más bien por tratar de vejarme, tocando mi pecho y asegurando que él no golpeaba a personas en esa condición, porque eso era como golpear a una mujer. A lo que le exigí que no vejara, sino que golpeara. Lo que no hizo asegurando que no me iba a dar ese gusto. Me he preguntado desde entonces si a este sujeto le gustará que lo golpeen, lo que en ningún caso sucede conmigo. 
En la estación policial los otros dos sujetos que participaron en el arresto, viejos conocidos de detenciones anteriores, se entrevistaron conmigo brevemente y en tono descompuesto. Me comunicaron que me iban a poner una restricción de salida. Por supuesto, nunca me ha preocupado esa decisión, excluyendo el impedimento de ir a visitar a mi padre, lo que he hecho en estos últimos años con el objetivo de atenderlo durante la convalecencia de procesos hospitalarios. Ninguno de esos viajes fue acompañado de mi familia, pues su situación entonces era más delicada que ahora. 
Me comunicaron entonces que no solo no saldría yo, sino que tampoco lo harían mi esposa e hijos. 
Amenazas todas estas que desearía que no cumplieran, pero que lógicamente consideré potenciales desde que comenzamos con los planes de viaje. 

Luego de este breve encuentro fui encerrado solo en la celda. Hacia el mediodía. 
Del calabozo solo quiero decir que la condición de apresado es antinatural, y que son concebibles pocas experiencias en que a un hombre o una mujer le puedan faltar tanto como cuando le falta la libertad de la manera que la impone una celda. 

Ayudan mucho la lluvia, el sol y el viento. Eso cuando hay ventanas, pues en celdas anteriores he conocido también la privación de ellos. 
El domingo 5 de agosto fui liberado hacia el mediodía. Se me impuso una multa de 150 pesos que, según Félix Navarro, es por el mismo artículo que últimamente multan a las Damas de Blanco, que asegura que se multará con cien pesos al que “destruya, deteriore o suprima los dispositivos de seguridad para prevenir la comisión de delitos”. Me alegra compartir con mujeres que admiro el fruto perverso de la represión castrista.

Se me amenazó además de que, de no asistir a próximas citaciones, seré procesado judicialmente. 
De inmediato salí de allí y me fui hacia mi casa, donde la alegría de mi familia al recibirme es un bien que recompone todos los entuertos. 

Estoy agradecido con tantas muestras de amistad. Esos son otros reparadores del tejido frágil de las emociones. Creo que en general me gusta más estar en condiciones de dar que de recibir, sin embargo el apoyo que recibo en jornadas como esta siempre me deja con la sensación de estar en deuda. Son tantos los amigos que me llaman, es tan diverso su origen y el tiempo de amistad compartido, que no tengo cómo hacer un patrón. Me quedo con la certeza de que es el fruto de la solidaridad, la fraternidad y el afecto, variantes todas del amor que, no por gusto, lleva milenios mejorando al mundo de las embestidas de las bestias. Especímenes que por estos días, por desgracia, también han estado presentes en mi vida.

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